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¿Sólo se duelan personas?

Tal como lo introdujo Freud en “Duelo y melancolía” (1915) el duelo conlleva un trabajo. Por ende, supone una fuerza y una resistencia que pugnan con intensidades variables para retener o conservar partes del “objeto” perdido.


Ésto, lejos de ser un trabajo pasivo, implica una gran actividad psíquica de elaboración ya que el aparato intenta ligar impresiones traumatizantes, vale decir aquellas que no tuvieron un apronte angustiado (la posibilidad de estar prevenido o en una posición de sobre-aviso) lo suficientemente bueno para lograr darle un sentido a cada situación o estímulo.


Debido al gran interrogante que supone la muerte y la incertidumbre reinante frente a la misma, al enfrentarnos directa o indirectamente con ella nos vemos desafiados a soportar niveles de conmoción elevados.


Ahora bien, la energía libidinal que sostenía el vínculo, la relación, los deseos, recuerdos y vivencias con el objeto perdido precisan reelaborarse a los fines de evitar una fijación patológica que eclosione en respuestas depresivas, melancólicas o maníacas en las cuales el sujeto niegue la muerte, se culpe por ella o padezca ilusoriamente una enfermedad semejante.


Hasta aquí nos hemos planteado someras características del duelo por la pérdida de personas significativas. Mas cabe interrogarse frente a ciertas situaciones de la vida que son atravesadas bajo estos mismos parámetros por ejemplo: el pasaje de la niñez a la adolescencia (con todos los cambios que esto supone), la ruptura amorosa, cambios abruptos en el estilo de vida – laboral, social, etc.


Esto plantea varias preguntas entre las que se encuentra la posibilidad de asentir o no con el grado de irreversibilidad que implica la pérdida de un ser querido. Podemos introductoriamente señalar aquí que depende siempre del grado de intensidad que supone cada pérdida para cada quien y las posibilidades socio-históricas del momento particular en el que se transita la misma, lo cual determina en parte qué se puede hacer con ella.


Antes de la existencia de la psicología tal y como la conocemos hoy, las distintas culturas atravesaban distintos padecimientos. Hoy contamos con esta herramienta que posibilita un saber hacer focalizado en la escucha y la palabra.


Retomando el punto de las pérdidas y recordando lo que el filósofo griego Heráclito nos compartía: “Ningún hombre se baña dos veces en el mismo río” (dado que nunca es el mismo río ni el mismo hombre quien se introduce en él) cada duelo presenta la necesidad de un trabajo singular así como se enlaza con las series de pérdidas precedentes en un nuevo intento de dotar de sentido aquello que insiste, y para lo cual el aparato psíquico nunca se encuentra lo suficientemente preparado para asimilar.


 
 
 

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