Cuando es norma la normalidad
- Ariel Cohen Mirazo
- 22 ene 2021
- 2 Min. de lectura
Cada día que pasa, afortunadamente, se le va quitando el velo a las construcciones sociales que instituyeron ciertas prácticas en función de intereses particulares, asociando las mismas a valoraciones y jerarquías que, como tales, utilizaban la rotulación para sintetizar, simplificar u obstruir: la diversidad.
Y esto, ¿qué consecuencias puede traer aparejadas para el psiquismo? ¿Cómo puede afectar a la imagen de mí mismo?
Para comenzar a decir algo, cuando consciente o inconscientemente nos identificamos idealmente con la ilusión que provoca mantenerse dentro de un parámetro dado, entregamos muchas veces, una cuota de libertad subjetiva desmesuradamente elevada. Tal concesión no permite interrogar lo impuesto (precio que hay que “pagar” para pertenecer a tal o cual clase) constituyendo así, una vigilancia estricta de aquellos parámetros que validen, sostengan y promuevan nuestra pertenencia a un determinado grupo y no a otro. ¿El precio? La tiranía interior que puede ir desde el rendimiento hasta la moral pasando por el deseo.
La práctica psico-terapéutica ¿puede hacer algo con estas representaciones sociales que manipulan la valoración del sujeto en función al grado de acatamiento que se tenga de ellos?
En principio bien podríamos decir que abre un paréntesis, invita a investigar cuánta verdad y de qué calidad está determinada la necesidad de servirnos de esos significantes y no de otros.
Se abre una hiancia, un espacio entre la convicción de lo que soy y la convención de lo que creo ser / quiero ser / “quieren hacer” de mi ser.
Esta apuesta por la demarcación puede cobijar la incertidumbre por saber qué y cuánto de contenido significativo guardan las formas. Que, dicho sea de paso, han hecho que proyectara tal o cual “silueta” en (¿el reflejo?) de lo que cada uno entiende como su vida.





Comentarios